sábado, 24 de febrero de 2018

No, pero … ¡Qué chimba! ¿Una autocrítica?



En marzo de 2017 decidí iniciar un proceso de creación que tuviera la calle como un “todo”, esto es, que el espacio público fuera sala de ensayo, elemento motivador para la creación, lugar de entrenamiento y preparación, salita de reuniones y claro, escenario.

Sería una especie de “solo”, es decir, no estaría acompañada por otra artista que realizara el proceso e interviniera la calle conmigo.

Inicié el proceso en la ciudad de Bogotá el 22 de marzo de 2017 en la zona centro. Realicé una primera salida sin saber cuál era el tema, ni la estética, ni la poética. Allí intente moverme cómo se movía esa atmósfera, sentir su ritmo y sobre todo su ethos. Ese ethos, definido como la esencia, el ser, la forma y el contenido en un solo frasco. Después de esta exploración decidí que el tema de la creación sería diferentes violencias que las mujeres sufren en el espacio público.

Imágen Mauricio Rodríguez. Av. Jiménez. 1

Así, el proyecto tomó más forma. Le comenté esto a mi amiga Clara Angélica Contreras Camacho, directora escénica, con el fin de que ella me acompañara en el proceso como observadora experta o, no tan bien dicho, directora. Ella aceptó e iniciamos una rutina de ensayos. Fui enfática con Clara, en que todo el proceso ocurriría en la calle, desde nuestras reuniones, hasta los ensayos y preparaciones.
En las primeras salidas, Clara me pedía que construyera partituras con diferentes estímulos; con movimientos que fueran inspirados en el circular de los transeúntes, en el paisaje de la calle, o sea, su arquitectura, en los gestos que aparecen repetidamente en las personas y en las formas con las que contaba en el lugar donde ensayábamos.

Duramos algunos ensayos explorando solo con el cuerpo, creando partituras que describieran la calle, el movimiento de una mujer en el espacio público y la relación con los transeúntes. Para Clara y para mí fue bastante sorprendente usar la calle como sala de ensayos. Crear una secuencia, implica parar, pensar, volver a intentarlo, repetir, repetir y de nuevo, repetir. Este trabajo en una sala pareciera, a primera vista, que no tiene mucho problema. Sin embargo, esto en la calle cambia drásticamente. No existen los espacio privados, pero si existe invisibilidad. Afuera, todo el tiempo se tienen otros ojos encima, y eso despierta otro tipo de comportamiento, otra forma de concentración y trabajo. Todo el tiempo el transeúnte está influyendo en cada parte que se fija, que se cuadra, que se crea. Esto era lo que queríamos. Una relación permanente con las personas que pasan a tu alrededor. Casi, que se convierte en un a creación en conjunto.

Sin embargo, también existe la invisibilidad. En nuestras calles, producto de la cantidad de manifestaciones causadas por la desigualdad y la pobreza, las personas que transitan cierran sus percepciones a lo que ocurre en el espacio público. Si yo trabajaba en silencio, era muy posible que pasara desapercibida en el lugar. Así, conseguí sentirme aislada y hasta con cierta privacidad. Logré instalar en mi cuerpo la sensación de que a nadie le importa lo que pase con el otro, de esa forma es casi como si estuviera sola en medio de la multitud.
Imagen Clara Camacho. B. Restrepo

Como se puede imaginar, algunas veces fui interpelada por personas que se preocupaban con mi presencia y mis acciones. No faltaron policías que llegaran a intentar interrumpir mi trabajo y pedirme que me comportara como todas las otras personas. Tampoco faltó mujeres de avanzada edad que se acercaban con cierta cautela a preguntarme cómo me sentía y si estaba cuerda. Seguramente a lo largo de esta narración citaré otras reacciones.


Así, a partir del contacto constante, insistente y hasta invasivo de los transeúntes, por un lado, y ciego, indiferente y apático, por el otro, construimos varias secuencias que fuimos limpiando, descartando y puliendo.

Propuse trabajar dos secuencias dentro de algo que he venido llamando “capsula”. Las “capsulas”, dentro de una acción escénica, son secuencias de movimientos fluidos, enlazados, partiturados que pueden contener todas las sensaciones o estados por los que la actriz pasa durante toda la acción. La capsula podría contener todo la esencia de la obra o trabajo realizado. Su duración es muy corta y debe aparecer en diferentes momentos de la acción. Su repetición durante el acto, puede ser diferente en tanto a ritmos, calidades, sentimientos y hasta fragmentos. No siempre se realiza toda la capsula, tal vez solo un pedazo. La capsula es un lietmotiv. Ella aparece con cierta frecuencia durante toda la pieza, enfatizando algún sentimiento, llevando a una transición, cambio de atmósfera o ritmo, o interrumpiendo algún momento álgido.

Estas dos secuencias aparecen durante la acción justamente para lo narrado líneas arriba.

Sentíamos que el trabajo no solo podía ser secuencias de movimiento y capsulas. Después de algunas semana sentimos la necesidad de trabajar sobre algunos roles o personajes de diferentes mujeres. Yo no quería que el trabajo, por ser hecho en la ciudad, hablara solo de los problemas de un tipo de mujer, la urbana. Así, propuse cuatro tipos de mujeres. Que en ese momento llamamos así:
       La campesina: Que arrastraría una violencia más aceptada, de casa. Ella consiente el maltrato y le parece natural.
       La matrona: Mujer de colores y ritmos costeros, del litoral. Abierta y sin problema de decir lo que piensa.
       La empoderada: Esta representaría a la mujer de ciudad que tiene noción de las violencias que las sociedades tiene contra las mujeres.
       Omaira[1]: Mujer joven, débil, frágil, ingenua. A quien han engañado sistemáticamente.

Junto con este grupo de mujeres también propuse una imagen-personaje, una vulva. La vulva aparecería por la necesidad de dejar ocultar la parte del cuerpo femenino que más se esconde y la que más sufre violencias. Esta vulva (o chimba, como es llamada en Colombia) saldría a las calles con energía de duende, saltando, gritando, brincando de andén en andén, pidiendo respeto, amor y cuidado.

Iniciamos la exploración de cada una de estas mujeres. Empezábamos siempre con la pregunta de la acción ¿qué saldrá hacer la campesina, la matrona, la empodera, Omaira? Antes de llegar al ensayo, a la calle, predisponíamos una acción.

Imagen Clara Camacho. Av. 19, entre 6° y 7°.
Después de más de tres meses de exploración las acciones se fijaron así. La matrona reparte papaya y advierte que esta solo puede cogerse cuando es ofrecida, se burla de los hombres y juega con la fruta entre sus piernas. La campesina teje una trenza entre postes, bolardos y señales de tránsito, va contando las humillaciones que aguanta sin quejas, sin reproches, sin tristezas. La empoderada coquetea con frases feministas mientras infla condones. Omaira cae al suelo, se levanta y vuelve y cae, mientras confiesa novio que violó, ¿no vio novio que violó? Por último aparece la Chimba que brinca de andén en andén, pidiendo, con voz chillona, besos, abrazos, cuidados y respeto.

 Ensayamos esta estructura en presencia de nuestra colega dramaturga, Carolina Mejía. Ella, después de observar el ensayo, nos propuso otro orden, este producto de la relación que los personajes estaban tejiendo con los transeúntes y con la narrativa de la acción. Por ser la matrona la que más logra interactuar con las personas, tanto las que pasan muy cerca, como las que pasan de lejos, propuso que fuera la última, antes de la Chimba, además porque la relación con la vulva podría ser más rica con este tránsito. También propuso que quien arrancara la acción fuera la campesina, pues podría crear una narrativa iniciando con los discursos más oprimidos y doblegados, hasta las manifestaciones más abiertas y emancipadoras. Estuvimos de acuerdo con esta propuesta. El orden de las mujeres, quedó así:
         Campesina
         Omaira
         Empoderada
         Matrona
         Chimba

La primera vez que ensayamos este orden, nos maravilló la respuesta del público. Tuvimos transeúntes que se estacionaron a ver toda la acción, en general, la atmósfera que logramos fue de una alta receptividad. En los anteriores ensayos, con el otro orden, veíamos como los transeúntes solo paraban para ver una acción en concreto y no toda la secuencia. Con este orden, sentimos que teníamos una sola acción y no cinco cuadros, uno tras otro.

El siguiente trabajo, fue recopilar todos los textos que las mujeres estaban diciendo, limpiarlos y armar los que estaban más débiles o aún no existían. Esto fue, armar el guion de la acción. Clara, me motivo para que yo hiciera este trabajo.

Lo primero que hice fue colocarle nombre a cada una de las mujeres, ellas no podían ser un tipo, un cliché, un rol. Ellas debían tener un nombre propio que implicara al sector de mujeres que estaban representando. Así la campesina se bautizó con el nombre de Florinda, en homenaje a la líder campesina Mamá Tingó (Florinda Soriano Muñoz). A la matrona la llamé Belki, por hacerle un reconocimiento a la bella Belki Arizala, modelo, actriz y empresaria afrocolombiana que realiza trabajos en defensa de las mujeres y las niñas, sobre todo de descendencia afro. Con la empoderada le hicimos un homenaje a Jineth Bedoya, activista y periodista colombiana contra la violencia de género. Omaira, conservó su nombre y la Chimba, no tenía alternativa, su nombre era más que merecido.

Diseño Diana Ayala

La acción tuvo una temporada de estreno de dos funciones el 19 y 20 de diciembre de 2017. Las funciones se realizaron en el horario de la 1:00 p.m. y cada día en un lugar diferente. El primer día fue a los pies de la torre Colpatria (7ma con calle 26) y el segundo, en las escaleras que llevan a la Plaza de Toros sobre la carrera 7° con calle 28.  Después de estas dos funciones concluimos algunos aspectos a modificar, mantener o ampliar. En términos muy generales sentimos que el trabajo hecho representa los deseos y cumple con los objetivos propuestos al inicio.
Durante la primera función, el círculo que formó el público asistente nos pareció molesto y creemos que transformó la acción. El segundo día de la temporada, consientes del comportamiento de los asistentes, decidimos que Clara los organizaría en lugares específicos y les pediría observar la acción preferiblemente desde el lugar dado. Esto resultó mucho más cómodo para mí, sentimos que la acción volvió a tomar el carácter encontrado en los ensayos.
Este carácter es el uso de cierta invisibilidad. Nunca buscamos tener grandes masas de públicos y nos agradaba la sorpresa generada al transeúnte desprevenido que se topaba con la acción. Queríamos conservar la atmósfera de la calle, no variarla. Claro, sabíamos que existía una transformación de esta atmósfera con mis acciones, más cuando usaba la voz con una potencia extra-cotidiana. Sin embargo, tener un público reunido, cambia en gran medida esta atmósfera. Pero si este público parece transeúnte, aún quedaba algo de la atmósfera original.
A modo de conclusión, “Qué Chimba” es una tentativa por hacer manifestaciones vivas, manifestaciones en dónde la actriz sea un elemento motivador de acciones y reacciones, en vez de la imposición clásica de alguien que siempre habla y otro que solo escucha. En “Qué chimba” quien habla, interpela o comparte tiene su espacio, no hay límite de tiempo, espacio y acción. Lo anterior sumado a la palpitante necesidad de descubrir los velos que ocultan la violencia, el abuso y el maltrato producto de nuestras sociedades enfermas de machismos y patriarcalismos. La Chimba sale, habla y reclama, no en un teatro cerradito o en un escenario beligerante. La Chimba descubre las violencias en los espacios más comunes y cotidianos con los que contamos, la calle.
Imagen Andrea Duarte. Torre Colpatria.



[1] Rápidamente esta mujer fue llamada Omaira, por recordar a Omaira Sánchez, niña víctima de la tragedia de Armero (1985).

jueves, 30 de noviembre de 2017

DIAGNÓSTICO DE AUSENCIA

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Al fin de cuentas, el amor es crear un hambre que saciar, un vacío a ocupar. Pero no se puede comer cualquier cosa, ni se puede llenar con lo que por azar u obligación aparezca. Algunas veces se siente la necesidad de tener esa hambre o de llenar ese vacío y no se sabe con qué, o directamente, con quién. La cosa se complejiza cuando aparece ese alguien que cuadra perfectamente en el vacío abierto o satisface hasta las más específicas ansias. El cuerpo, entonces, pide constantemente el ser amado. Lo llama, lo busca, desconcentra la atención hasta en los momentos menos esperados para empujar a la voluntad hacia el amado.


Aún quedan más grados de complejidad, cuando quien llena vacíos y mata hambres, no está cerca. La amada parece enloquecer, se le dificulta controlar los impulsos del cuerpo que buscan frenéticamente la persona amada. Las vísceras se contraen y luego se expanden generando vanos lugares en el interior. El pulso se desacelera y la sangre corre con lentitud, esto deja la tonicidad sin vigor, sin brío, sin fuerza. En el pecho, justo en el espacio entre los dos pulmones, donde (según una ilustración encontrada en Google, de la página saludya.es) se encuentra el corazón, se siente una contracción inusual, como si la sangre, al pasar por las cavidades, fuese tan gruesa, que estas, adoloridas, fuerzan el transito del líquido vital. El dolor pasa por los nervios, pero al ser de una naturaleza pesada, aletargada y espesa, el cerebro la traduce como tristeza y así, la amante y amada (por suerte o regalo de las diosas) se deprime y acongoja.

Con ese estado, a la adusta le cuesta trabajo sonreír o encontrar cualquier situación graciosa, así la atmósfera sea de una comicidad impresionante. La acongojada, deja ir su pensamiento, que fácilmente se escapa, hacia recuerdos o proyecciones que la acercan al amado de forma virtual. Las imágenes y sensaciones proyectadas en el cuerpo, alivian muy superficialmente las sensaciones descritas en el párrafo anterior. Al terminar el efecto de este pasajero alivio, el vacío y las ansias vuelven con más fuerza.

Sin saber qué hacer, la descarnada amadora, cree que escribiendo una explicación sobre su estado, podrá dar transito al dolor acaecido.

Al hacerlo se da cuenta que al estar presente su amado, su cuerpo mantiene una temperatura más elevada de lo normal, esto hace que las vísceras se relajen y no tensionen el centro del cuerpo, sin esta tensión la respiración fluye con mayor dilatación. Cada órgano ocupa su lugar y no se generan vacíos. Esta respiración permite que la sangre transite con más ligereza y acelera el pulso a buen ritmo, esto ofrece una tonicidad encendida a la amadora, que se manifiesta en impulsos que terminan en abrazos e interacción corporales que permiten desfogar el arrojo producido. El contacto con manifestaciones similares de parte del amado conecta las pulsaciones entre una y otro, así la circulación no solo se produce en un cuerpo, sino que se complementa con la circulación del cuerpo en interacción. En ese encuadre, logrado con tal precisión, los cuerpos encuentran tal bienestar que el gozo se traduce en risas que, a impresión de la pareja, parecen inexplicables. Esas risas de júbilo es la evidencia de la plenitud y armonía encontrada por el cuerpo para su funcionamiento.

Por la necesidad humana de nombrar todos los fenómenos experimentados, la dupla, con los cuerpos conjugados, por ser muchos en uno o por ser uno contenido de inmensidad, se explica lo acontecido nominándolo como amor.  Satisfechos por su declaración, cierran la jornada con la danza que muy bien saben bailar sus lenguas, bocas y salivas tanto del rostro, como de la entrepierna.

sábado, 26 de agosto de 2017

A FUERZA DE ORGASMOS

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Georgia O'keeffe

Varias de nosotras han escrito sobre el placer de la mujer. Varias de nosotras han cruzado la frontera de la moral mentirosa y de la hipocresía sobre el sexo y la lujuria que puede emanar el cuerpo femenino. Ahora, el turno fue para mí.

Paradójica y tal vez contradictoria, dirán mis compañeras feministas, la causa que llevaron mis manos a mi sexo. La principal, fue la ausencia de un macho (no uno en genérico, sino en particular, con nombre, licencia de conducción y contrato, lógico, sin garantías). Este que osó dejarme la noche anterior sin placeres vaginales, pasó por mis recuerdos en esta tarde de sábado perezosa. Yo, sola en mi cama, con las descripciones hechas por Galeano de valientes, revoltosas, seductoras y memorables mujeres, y con el fondo musical de varias arengas de la enorme Bessie, me vi jalada por el deseo que comenzó a balbucear entre mis piernas.

No tuve otro remedio que dejar el libro y las gafas a un lado, escurrirme en la cama y comenzar a sobarme, primero lento, luego lento pero más largo, después más fuerte y mucho después más rápido. Cada etapa de ritmo pasada por diferentes tipos de toques; algunos suaves, casi parecían cosquillas, otros rápidos e intensos, como los vibradores de las mediocres terapias que ofrecen las EPS, otros largos y pesados, como ese seductor movimientos de quien prepara gelatina de pata. Algunos (suspiro) como golpecitos sobre mi delicioso manjar, llamado monte de venus, por último, unos que sorprendieron mi excitación de hoy. Estos requirieron de mis dos manos, pues mientras una consentía eléctricamente mi clítoris, otra jugaba a intentar entrar por mi vagina. Este movimiento, más el balanceo de mi cadera, me regó en leches de olores dulzones y sabores salados.

Al inicio de mi jornada erótica, imaginaba a este hombre entrar en mi apartamento y encontrarme llena de deseo revolcándome entre mis cobijas. Lo veía transformar su expresión, sacar su miembro, abrir mis piernas con cierta fuerza e hincar su viril deseo en mi vagina babeante. Por otros momentos recordaba las contiendas llevadas en su cama, lo veía arrodillado, dentro de mí, con su pecho amplio y su cabello cubriendo sus ojos. Recordaba el viaje que mis manos, como lenguas, hacen por sus brazos, que a fuerza de sostener mis piernas elevadas, dejan vislumbrar el músculo aquel, típico de las formas masculinas.

Pero ya entrada en mis deseos más profundos, las imágenes de este portento de deseos, fueron desapareciendo. Mi concentración completa solo pensaba, sentía, imaginaba con formas sicodélicas, sonidos chasqueantes y olores agridulces el placer que calentaba mi cuerpo, agitaba mi respiración, erizaba mis pelos y levantaba mis nalgas. Mi atención, de la cual me quejo por ser tan dispersa y no estar unívoca ni un solo momento, en este instante de la faena no quería evocar hombre alguno, falo semejante o manos/cuerpos que no fueran las mías. Disfruté saberme mi placer. Disfruté encontrarme como única sabedora de mis más profundas delicias y mis más secretos goces. Solo los movimientos de mis manos, la danza que mis caderas decidieron bailar, el ritmo de mis piernas estremeciéndose contra las cobijas y los excitantes sonidos que salían de mi boca, supieron darme un perfecto orgasmo.

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Mamani Mamani

Mis jornadas de masturbación han sido, de un tiempo para acá, la plena satisfacción de conocerme sin hablar, sin pensar, sin manifestarle a otro (a) por dónde encontrar mi clímax. He escuchado de varias amigas la sensación de soledad que sienten después de gozar tras un acto auto-sexual. No me voy hacer pasar por una fuerte mujer auto-sostenible, no voy a negar que la fuerza, el deseo y el ritmo de otros cuerpos no me hacen falta, no. Pero una de las cosas que me llevó a escribir este texto, fue la plena satisfacción conmigo. Saberme y sentirme como la mujer que cumple cada uno de mis deseos, que sabe paso a paso, qué hacer, a dónde tocar, qué ritmo asumir, me llena de alegría y … lujuria, de nuevo (lectora, prometo terminar el texto antes de dejarme seducir, una vez más por mis manos y mi sexo).

Hoy, después de gozarme y respirar profunda e intensamente, mis ojos se encontraron con los cerros orientales que engalanan mi ventana. Las montañas, que acompañan mis días en este feliz y solitario hogar, me miraban entre sonrientes y envidiosas. Ya quisieran ellas, y de paso yo, que en vez de sabanas de algodón y cobijas de hilo, me cubrieran pastos, hojas, tierra, barro.

Esa complicidad entre loma imponente y mujer saciada, llenó mi rostro de una sonrisa maliciosa y poderosa. Maliciosa por las ganas de hacerle todo el daño posible a una sociedad que impone el sexo sin placer para la mujer y la empuja a ser toda una atleta en la cama para satisfacer el deseo del otro, del otro macho, vigoroso y exigente. Gima como perra, erícese como gata, contonéese como sirena para que él goce, canta la radio, reclama la televisión, gritan las redes sociales, escupen las páginas web. Nuestras abuelas y madres, ni se daban el lujo, si quiera de imaginar, ser acróbatas del sexo, pues el miedo que las tildaran de putas, impedía el asomo de un orgasmo. Hoy escucho cómo las chicas se convierten en la deseada puta de sus amantes con tal de no perderlos, así cueste el disfrute propio.
Esa falsa propaganda de una lucha feminista ya ganada, lo único que hace es encubrir relatos y violencias que aún continúan, perseverantes, en los gestos más pequeños, en las intimidades más escondidos, en los disfrutes negados.

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Hoy, a fuerza de mis orgasmos, llamo a la lujuria femenina, al empoderamiento desde la auto-satisfacción, al reconocimiento de humanas todo poderosas. Somos la vida, el placer, la fuerza, el dolor hecho tenacidad, el vientre que entiende, a partir de otro tipo de relaciones, la necesidad de un mundo más amoroso y luchador, más sensible y valiente, más tierno y protector. Conjuro hembras que luchan por advertir nuestros gestos más machistas, los cuales nos han sido tatuados y naturalizados, para que se sacudan de tanto macho que ando suelto, de tanta obligación gratuitamente adquirida y de tanta forma y modo que encasilla nuestros cuerpos e inhiben nuestros deseos. Vente, mi hermana, con el cuidado necesario para que la bestia no te caiga encima y no acabe tu camino antes de llegar a mi nicho.


No se asuste señor lector, de vez en cuando, colocaré mi bandera rojivioleta sobre la grama, jalaré su brazo y tumbaré su fuerza, para acabarlo a mordiscos libidinosos con bocas sin dientes y varios pares de labios que chupan virilidades. 

lunes, 12 de junio de 2017

JUGEMOS EN EL BOSQUE MIENTRAS FRIDA NO ESTÁ.



Hace un par de meses estuve de visita en la hermosa y noble Ciudad de México. Conociendo sus calles, personas y sonidos, me maravillé por su historia, nuestra historia que transita entre murales, esculturas, caras, comportamientos, comidas y anécdotas. Esta ciudad me hizo sentir algo familiar, eso donde una se siente con las suyas.

Dentro de los paseos obligatorios de museos, teatro y calles, no podía faltar la visita a la casa de Frida Kalho en Coyoacán. Debo confesar que aunque la curiosidad me llenaba de expectativa, el hastío de su imagen por muchas partes, me causaba cierta voluntad de abortar el plan.

Aunque hay algunos que creen que la “resurrección de Frida” hace parte de las reivindicaciones de lo femenino, yo no me he comido el cuento y creo que solo hace parte de una “reivindicación mercantil” que se apodera de símbolos reencauchados que puedan colocar un foco de moda, extraído de cualquier contenido, contexto o discurso. Así la “Fridamanía” como la llama Eduardo Galeano en su cuentico, para mi es solo la absorción de la imagen de una mujer luchadora transformada en linda camiseta para vender. Fue para mí un insulto ver la imagen de Frida hecha muñequita manga y estampada en camisetas, bolsos y otras prendas de vestir. Debo confesar que también me sentí vieja, no encontré ninguna relación entre la imagen de la sejijunta y la tendencia oriental. Me asusté tremendamente al imaginar que no solamente iba a ver su cara en estilo manga, sino todo su cuerpo; con faldita de prenses y calzones insinuándose a la sombra, medias y piernas largas, y protuberantes senos atrapados en una diminuta blusa. Mi mal humor aumentó. En los repetitivos productos que tienen a la artista mexicana como logotipo, siempre noté que la inspiración más fuerte es esa fotografía de Kalho que apareció en la revista Vogue, aquella de fondo verde y donde ella aparece con rostro sereno completamente de frente a la cámara. Muy pocas veces su obra inunda los mostradores y más bien si, sus rostros reinterpretados de esta fotografía.

A pesar de lo anterior tenía la firme intención de encontrar en su casa azul, la Frida que no se deja ver por el mostrador todo lleno de luces de neón y ojitos manga. Antes de llegar a la casa-museo la amiga mexicana que me acompañaba me preguntó ¿qué te gusta más la cara de Frida o su obra? Esta pregunta, además de sacarme una sonrisa, remató aquel pensamiento de las tiendas de ropa, todas llenas de la estética Frida, en donde no aparece una sola de sus obras. Su obra no cuenta, lo que cuenta son los colores de la moda que ella recreo y que hoy sienta muy bien a la nueva tendencia. No importa la artista, ni mucho menos la política, importa una bonita imagen que puede decorar cualquier café, agenda o mochila.

Continué con mi propósito. El próximo palo a la rueda que apareció fue la larga fila que estaba a la entrada de la casa-museo. Conseguimos no hacerla, gracias al pago demás que incluía visita al museo Anahuacalli, construido por Diego Rivera. Al entrar en la casa el contraste de los colores azul y rojo, llamaba los sentidos, mi cuerpo se dispuso al encuentro con la artista. Las primeras salas, estaban dispuestas como galerías que exhibían varias de sus pinturas, no eran precisamente las más famosas, pero por lo menos conseguía ver los trazos de la talentosa pintora. Esto me distrajo un poco de las filas enormes y el tumulto que te empujaba por los corredores.

Luego llegamos a la parte de la Casa: cuartos, cocina, taller y las famosas camas donde la enferma de una seja, pasó un buen tiempo de su vida. Allí la fila demoraba más. Las personas buscaban observar cada detalle de la cama, la cobija, la repisa, la foto, el pedazo de lápiz o algún detalle que hablara más de la tortuosa vida que por esas camas debió pasar.



Finalmente salí a los patios. Un ambiente más tranquilo se sentía allí. Las fotografías de la pajera Kalho y Rivera narraban el amor que existía entre ellos, también formaba imágenes de la cotidianidad del par de amantes y artistas. Para mi sorpresa el cúmulo de personas se dispersó, entre los videos exhibidos y la tienda de suvenires. No entiendo muy bien por qué no siguieron por los jardines de la casa, con la misma curiosidad que al interior de la misma…

Advertí que había un lugar más para visitar en la casa Azul. Esto era llamado como “la exposición de vestidos”. Este es el punto álgido de la visita. Sin este lugar, usted no estaría leyéndome, es decir esa EXPOSICIÓN fue el detonante para este texto.

Al entrar a esta sección de la casa, la visitante se encuentra de frente con los corsés, las amarras, los bastones, los zapatos ortopédicos y demás aparatos con los que Frida conseguía sostenerse en este mundo. Estos objetos estaban (o seguramente, están) exhibidos en una gran vitrina con un fondo de baldosas blancas típicas de baños. El choque con esta vitrina aumentó con las explicaciones que acompañaban esta primera parte. Allí decía que los objetos fueron sacados, recientemente de uno de los baños de la casa que no se había abierto por que los anteriores encargados no lo habían permitido.

Diego Rivera, dispuso de la casa y creó el museo después de la muerte de Frida. Antes de morir delegó el cuidado del bien a la amiga y mecenas Dolores Olmedo, quien conservó la casa, mantuvo los respectivos cuartos y baños cerrados. Pero después de la muerte de Olmedo, la casa fue completamente tomada. Se abrieron los baños, se sacaron todos los objetos en ellos guardados, se organizaron y se dieron a conocer a la luz pública.

Esta exposición es producto de ese abuso a la privacidad guardada por la pareja. Algunos documentos del museo, describen esta acción como necesaria para conocer profundamente la obra de los dos artistas y sobre todo la de Kalho. Pero esto no es tal, pues lo que dicen sus explicación, en esta última exposición, solo ayuda a inventar páginas sobre una historia de amor que el mercado sabe vender muy bien, más el mexicano que ha llenado nuestras pantallas con love history en formato de telenovela llorona. Esta historia de amor coloca a Frida en un papel bastante lastimero, complaciente, sufrido y entregado.

No contentos con la exposición de los aparatos y apoyos médicos que usaba Frida, de los cuales seguramente se sentía incomoda de mostrar, exhibieron, también los hermosos vestidos que la artista lucia. Esto podía parecer hasta bonito, si no fuera, una vez más, por las humillantes explicaciones en las paredes. En ellas se leía que la artística había decidido vestirse inspirada en la estética de los pueblos indígenas por los que Diego Rivera sentía atracción. Y se atreven a afirmar que lo hacía por complacer a Rivera. Además porque vestir faldas largas le aseguraba cubrir la plataforma de uno de sus zapatos que le garantizaba tener alineada la cadera, además de ocultar los corsés y demás aparatos que la ayudaban a mantenerse en pie.

Lo anterior no es solo degradante para una artista que llevó otro México al mundo, sino que demuestra el menosprecio y la subvaloración el criterio de una mujer inteligente, políticamente beligerante y comprometida con las culturas latinoamericanas, especialmente mexicanas. Una vez más, los institutos “protectores” de La Historia, actúan encarnizados en mantener lógicas machistas y patriarcales, donde la lucidez y talento de una mujer solo es válido bajo la luz que un macho emane sobre esta. La estética que Kalho decidió vestir, presenta una intelectual que supo y nos enseñó que la política se lleva, también, en la forma, en el color, en el sentimiento, en la casa, y no solo en la plaza pública o bajo los techos de los parlamentos.

Lo que hacen las personas encargadas del Museo Frida Kalho, al afirmar que la decisión de la artista sobre su vestir es por complacer a su compañero y ocultar sus malestares, es irrespetuoso, indigno y ofensivo. La artista, en su propia casa es violentada por una sociedad y una institucionalidad que se niega a reconocer a las mujeres como detentoras de sus propios destinos, nosotras, por más brillantes, inteligentes e influyentes en los caminos de esta humanidad que seamos, seremos siempre medidas por la vara que el machismo nos decida colocar.



Si esto ocurre con una figura tan prestigiosa de la Historia de Nuestra Latinoamérica como lo es Frida, evidencio el desconocimiento y ocultamiento que nuestras intelectuales, artistas, líderes y trabajadoras tiene que sufrir a diario.

Para finalizar el recorrido por esta dolorosa y colérica exposición, remata una sala donde se ven tres vestidos inspirados en Frida Kalho. Estos vestidos son creados por grandes diseñadores que, parecen ser muy famosos. Muy famosos y muy cínicos, pues no utilizan las imágenes, el color, las formas de las obras que la artista nos dejó, sino que en vez de eso, usan su dolor y sufrimiento para crear sus monstruosos harapos. Vemos vestidos donde la parte superior imita corsés y fajas, por ejemplo.

Salí del museo con mucha desazón. Entre la ira que me produjo esa última exposición y la tristeza por el uso de la imagen de la mujer, caminé por las calles de Coyoacán intentando procesar el dolor y malestar. Debo confesarles que unas deliciosas quesadillas fritas en la plaza de mercado del lugar, sacudió el mal genio y me permitió seguir el viaje por la ciudad. Además de las quesadillas, la promesa de escribir algo que denunciara este desagravio contra las mujeres artistas e intelectuales de América Latina, ayudó a calmar (mas no a apagar) el odio por este mundo que persiste en fomentar el desmerito hacia la mujer y sus actividades.




domingo, 22 de mayo de 2016

UN robo más

un robo mas
Un poco de amarillísmo, espero no haga mal.

Por María Fernanda S. Bonilla

Si, hoy sufrí un intento de asalto. Si, no es nada sorprendente menos en las condiciones que el evento ocurrió (que ni evento fue, por que el suceso es bien común aquí en esta ciudad, como en muchas otras). Dí papaya, ayudé para que el intento ocurriera, me puse en riesgo. 

La historia es esta; caminaba con al amigo paisa, el buen Rubén, por una de las principales calles de Salvador, la Avenida Sete de Setembro, pero por ser una de las principales, no quiere decir que sea una calle segura, es más, todas y todos en esta ciudad saben que es casi imposible caminar, sin ser robado, por esa avenida en ciertas horas y en ciertos días. Hoy, un domingo a las 18:30 pasar por la Av. 7, con un bolsito colgado de los hombros, es llamar un ladrón (ese fue el regaño de mi apreciada Rejane, cuando escuchó el suceso, y claro, tiene razón). Todo estaba colocado para el devenir, hasta la conversación con el paisa era sobre asaltos. Justo en ese momento, llegaron con paso muy rápido, casi corriendo, dos hombres, nos dieron tiempo de advertir su presencia y hasta de intentar una pequeña huida, sin embargo, uno alcanzó a agarrar mi bolso y empezar a jalar. No sé muy bien cual fue la suerte de Rubén en esos instantes; la mía decidió ir por el camino del grito. Por otros eventos similares en el este país, ya sé que las palabras no son buena idea, pues el acento de extranjera, “extraña” a las personas que están alrededor y las inhiben, todavía más, a prestar algún tipo de auxilio. Entonces mi grito solo emitió una A larga, desgarrada y tristemente (como crítica a mi oficio) con poco apoyo diafragmático. 

Producto de esto es el dolor en la laringe y en mis pobres pliegues vocales. Si, lo sé; es decepcionante que toda una profesional con maestría, inicio de doctorado, 13 años de experiencia escénica en mi amada Vendimia Teatro y docente de voz, no haya “naturalizado” un grito apoyado. Disculpas queridas y queridos estudiantes, maestros y colegas. Prometo que trabajaré en eso. 

Mientras el grito no dejaba de salir (saben que ni recuerdo, si tomé alguna vez aire…), el hombre que me correspondió, no dejaba de jalar, solo eso, jalar con fuerza progresiva mi cartera. Me aferré a ella, pese a las repetidas caídas al suelo, pese al peligro que podía conllevar el progreso en la agresión del ladrón, pese al sentir mi cuerpo completamente manipulado por él, de un lado para otro, de arriba hacia abajo, no solté la cartera. Creo que alcanzo a recordar dos pensamientos en esos largos momento, cortos minutos: “no voy a dejar que lleven mis cosas, como a todo el mundo le pasa”, “por qué no vienen a ayudarnos”.

¿Y Rubén? Decidió utilizar sus piernas y pies como armas (creemos que es producto de su entrenamiento en la capoeira, angola –cabe la aclaración- pues esta solo usa piernas y piés para atacar), se batió con los dos hombres a puntada de patadas. En algún momento de la vertiginosa licuadora en la que me tenían, vi su cuerpo (sobre todo sus piernas) sobre los ladrones. Desafortunadamente esto no produjo el efecto esperado. 

La sorpresa fue mayor cuando los dos hombre (pese a las patadas de Rubén) jalaron al mismo tiempo mi cartera y uno de ellos con un cuchillo intentó cortar la correa que me unía a mi bolso. ¡Un cuchillo! Pues si señoras y señores, en la escena había un cuchillo. En ese momento llegaron otros hombres que nos ayudaron a espantar rápidamente a los ladrones. Recuerdo muy bien uno de ellos; los espantó como se asuntan a los perros que ladran sin querer morder, los espantó como a ratones que no se quieren matar, los espantó como almas en pena a las que no se les teme. Se fueron. Huyeron. Escaparon. Salieron del lugar sin mi bolso, sin ningún objeto nuestro.

Mis dedos paran de escribir, mi respiración se altera y un llanto corto cae sobre el teclado. Pausa larga, que WhatsApp interrumpe (gracias Zuckerberg). 

Como resultado del evento tenemos el susto enorme que cargaremos durante unos días, mis codos, rodillas, empeines y talones con una estética a lo Jesucristo, la triste perdida de uno de mis aretes recientemente comprados en las abarrotadas calles comerciales de Lapa, mi adolorida garganta y la rabia impotente, dolorosa y angustiante que no he parado de respirar desde aquellas 18:30. 

Como conclusión, qué digo. Como conclusiones, tengo varias que quiero desahogar en las letras a seguir. Debo contextualizar un poco de donde vienen algunas. Estas primeras llegan por causa de la actividad seguida al intento de asalto. 

Continuamos el camino hacia la obra de teatro que en Barroquinha se estaba presentando. No mi querida lectora, no iba a dejar de asistir al teatro. Sabía perfectamente que me iba a curar, que su sola fuerza, por mala que fuera la obra, me ayudaría a digerir lo que acababa de ocurrir. Asistimos la obra A Conferência, del grupo OCO Teatro, que supo ayudar. El tema era la ciudad, las ciudades, bastante sugestivo para mi necesaria catarsis. En sus descripciones de la ciudad, el concepto de espacio público salió a relucir. Y es sobre espacio público en América Latina que mi investigación camina, y anda por ahí por ser este desigual, peligroso, sorprendente, carnavalesco, desvergonzado, luchador, rebuscador. Tuve rabia por escoger eso como objeto de investigación. Me decía:

-          Ahí tienes intelectual inorgánica tu calle latinoamericana. ¿Qué tal tu mundo del sur? ¿Qué tal la fuerza de la desigualdad de la que te aprovechas académica y cínicamente? Pues fue esa misma la que estaba jalando tu bolso.

Y sí, es la puta desigualdad la que jaló mi cartera. Lectores, ellos tenía un cuchillo que nunca usaron contra nosotros; uno de ellos me tuvo en el suelo, cerca a sus pies, descalza, tan fácil de pisar, machucar, dar un golpe que nunca llegó. Ellos no nos quería hacer daño, solo llevar, lo que tal vez, sustentaría unos días de vida. Parece que el hambre, el desespero o la costumbre no les dio para enterrar un cuchillo. ¿Quienes son esos ladrones? ¿Qué hay dentro de ellos que les impidió usar un cuchillo? Con solo un raspón o roce de esa herramienta sobre nuestros cuerpos, hubieran salido victoriosos con mis pertenencias… Gracias a las diosas que esto no ocurrió, gracias a las diosas (¿o a quién? A la madre que los crió…¿?) que estos ladrones no llegaron hasta allá. 

Castigamos al ladrón pero no juzgamos la sociedad que los produce. Y ahí mi rabia crece. Crece después de ver como roban una presidencia, crece después de escuchar vecinos, conocidos, transeúntes celebrando la salida de la presidenta. Crece al ver como venden nuestras empresas, crece al recordar que mi pueblo elige como elige. Crece, crece y crece … ¿Cuándo y cómo explotará?

Poca gente vino a nuestra ayuda, y creo yo, que los que vinieron demoraron. Una de las frases de la obra de esta noche decía algo como “Nadie ayuda, por que nadie quiere sufrir”. Nuestro pueblo sigue observando la realidad, solo observa y casi siempre lo hace a través de los malcreados medios masivos de comunicación. Algunas personas observaron como yo gritaba, como Rubén daba patadas y como dos hombres intentaban llevar una cartera. Solo observaron. 

Toda Bogotá observa como una de las últimas empresas públicas, que sustenta las escuelas y la Universidad del distrito, esta siendo vendida. Todo Brasil observa como su presidenta, que por medio de las urnas, la colocó en ese cargo, es retirada del gobierno. El mundo observa como pocos tiene todo y muchos tiene nada. Y muchos siguen solo, solo observando.

Y viene el panfleto… Si, que le puedo hacer, repetitivo, poco original, pero inevitable. 


Juguemos el uno a uno. No como el de Maturana o Dunga, sino a lo Lenin. Hágale la charla amistosa, compinchera a la vecina, al cliente, al tipo que se le sienta al lado en el bus, e intente persuadirlo de dejar de observar y de, por lo menos salir, a la calle, a la marcha. Espere, no se impaciente al primer NO, no se desespere con la lluvia de argumentos (todos bien diseñaditos por los mass medias) que le caerán encima. La cosa es de encanto, de persuasión, de cariño. Téngale paciencia y por lo menos déjele la duda. No se canse de insistir. Respire profundo y siga. ¡Ojo! Prometo el 0.01% de cambio en el escucha. Pero bueno, de uno en uno…