miércoles, 7 de marzo de 2018

Mi LDF (Limitación Dictatorial de lo Femenino) o IVE (Interrupción Voluntaria del Embarazo)

Hace un tiempo estuve en la sala de espera de un centro de atención para mujeres que quieren interrumpir voluntariamente el embarazo. Ese era mi motivo de espera, un IVE o, sin eufemismos, aborto. No estuve allí por mucho tiempo, el procedimiento, que fue quirúrgico y no por medicamentos, fue más rápido de lo que esperaba.

La atención del personal del lugar fue bastante gentil, muy cariñosa y contundentemente cuidadosa. Las demás mujeres que también estaban esperando ser intervenidas no parecían mayores que yo, tal vez una o dos. La mayoría deberían estar por entre los 20 y 25 años. Todas estábamos uniformadas con una bata típica de hospital de la cintura para bajo, polainas en los pies y gorro de tela quirúrgica en la cabeza. Esto no sé si colocaba cierta tragedia o comicidad al ambiente. En la sala nunca estábamos más de cuatro mujeres, a medida que íbamos pasando a la sala de cirugía íbamos rotando caras, impresiones, historias y sobre todo, experiencias sobre el procedimiento.

Mi primer contacto con las demás mujeres ya comenzó a tensionar mi cuerpo. Al llegar a la sala de espera, dos chicas ya estaban con el particular uniforme. Una de ellas se doblaba por el dolor, la otra la miraba con lástima y al mismo tiempo con temor. Las enfermeras ayudaron a la joven adolorida con otros medicamentos para que el dolor bajara. Mientras eso, hablé con la otra chica, joven, recatada… Me contaba sobre sus síntomas en el corto periodo de embarazo.

Otras mujeres pasaron por la sala después de ser intervenidas. Los testimonios de ellas no fueron muy tranquilizantes. Cruzábamos miradas de temor con la chica con quien habíamos iniciado la conversación. Después de ella ser pasada a la sala de cirugía, otra chica y yo nos quedamos solas y en silencio.

Ese silencio comenzó a traerme una ira universal, cósmica, natural y orgánica. Tantas caras de dolor, miedo e incertidumbre de estas mujeres iban envenenando mi saliva. Comencé a pensar que sí es posible que exista un dios, hombre, macho, todo poderoso que creó esta humanidad, seguro misógino y, que de castigo, colocó toda la responsabilidad en solo uno de los dos cuerpos que creó. Debe ser macho este que ha puesto tanta carga en nuestros cuerpos. ¿Por qué no repartir las cargas? ¿Por qué colocar todos los cambios y el trabajo de la procreación en las hembras?... Pensamientos coyunturales, no lo olviden.

Cuando la ira ya casi estaba haciéndome llorar, respiré profundo y pensé que no sería buena idea pasar así a la sala de cirugía. Acaricié mi cuerpo, mi vientre, me pedí eternas disculpas por tener que someterme a tal procedimiento. A pesar de esto, nunca apareció una sombra de arrepentimiento o culpa. Estuve muy segura de lo que iba hacer.

Minutos antes de ser llamada, una chica logró sacarme una sonrisa. Ella se quejaba, se sentía muy adolorida, pero un aura de fortaleza rodeaba su presencia. Remató su relato afirmando satíricamente “con esto no te quedan ganas de tirar en la vida”.

Desde hacía menos de dos años había decidido no usar métodos anticonceptivos, por negarme a tragar hormonas que controlan mi cuerpo al mismo tiempo que lo dañan, ensucian y enajenan, también me había negado a colocar cualquier dispositivo ajeno a mi naturaleza. Estaba convencida que mi cuerpo, por seis días que es fértil al mes, no debía ser sometido a aparatos o productos hormonales. Bueno, mi decisión fue quebrada ese día ad portas de mi aborto. Así como la chica que me antecedió, yo no quería oler hombre alguno, pero sabía que ese odio y hastío por los machos, tristemente, no me iba a durar toda la vida. Entonces, deseé no volver a someterme a un procedimiento como el que iba a pasar. Decidí, minutos antes, colocarme la T de cobre. Anticonceptivo que había sido recomendado por la ginecóloga el día anterior. Ella lo recomendó mucho, me dio información sobre el método, y pese a mi negativa de colocar cualquier aparato invasivo, insistió con cariño y comprensión.

Mi nombre fue dicho en voz alta y tuve que pasar a la sala de cirugía. Mi primera vez de todo, el único procedimiento parecido que había tenido que sufrir fue la sacada de mis cordales, que no me causó tantos trastornos, como este, claro está.

La enfermera me alistó, me vistió unas medias a media pierna, me indicó cómo respirar y me explicó los pasos que íbamos a tener. Retuve sobre todo la información de la respiración, intenté llenarme de mucho coraje y amor al mismo tiempo, saber que iba a ser herida, una herida que yo causé (claro, no sola, y haciendo responsabilizarse al co-participe), pero que yo asumí, con amor y entrega por mí, por mis proyectos, por mis sueños.

La ginecóloga llegó. Era la misma mujer que me había atendido el día anterior. Me hizo un par de preguntas casuales, y una última sobre mi decisión de usar el dispositivo anticoncepcional. Al escuchar mi respuesta afirmativa, celebró con la enfermera y le contó que tuvo que hacer un delicado, pero fuerte trabajo de persuasión.

El procedimiento inició. La ginecóloga iba nombrando cada paso. Mientras eso, la enfermera se sentó a mi lado, y apenas sentí el primer chuzón de la anestesia, mi mano saltó y fue sostenida por la enfermera. Ella comenzó un ritual de ternura y distracción. Tanto la ginecóloga como la enfermera sostenían una charla que pretendía ser por todos los medios, muy amena, me comentaban cosas sobre sus vidas, yo apenas podía responder. El dolor no fue grande, pero creo, que tuve que concentrarme mucho en la respiración para no descontrolarme. Rápidamente terminamos. Me acompañaron a la sala de recuperación, donde los tratos cariñosos continuaron.

Al rato de estar allí, el odio volvió. Las lágrimas salieron y mi razón no dejaba de repetir una y otra vez “que odio hacia los hombres, por no tener que vivir, si quiera sospechar por todo lo que una mujer tiene que pasar”. Luego los pensamientos se calmaron y recogieron el cariño de las enfermeras. Pude respirar, sentí cómo el dolor o la sensación de mi vientre rasgado, fueron desapareciendo. Logré tener una sensación de tranquilidad y amor a mi cuerpo por ser fuerte y conseguir llevar a buen fin este caso.

Después de esta experiencia, queda un malestar no solo físico, ni individual por lo que tuve que pasar, sino por ver y vivir, desde el vientre, lo intrínsecamente injusta que es esta sociedad. Es indignante sentir cuan desequilibrada puede llegar a ser la organización de nuestros estados y culturas.

No deja de inquietarme las inconsecuencias culturales. Nuestras sociedades  y muchas religiones insisten en el patriarcalismo basados (en pleno siglo XXI) en argumentos de tipo biológico. Ellos justifican la esclavitud de la mujer al interior del hogar por su condición de procreadora. Es decir, aceptan que las mujeres biológicamente tenemos una diferencia que nos coloca en otro lugar al del hombre. Y que producto de esto, debemos quedarnos al interior de la casa criando, mientras ellos salen y hacen el mundo. Pero esta diferenciación biológica no se deja ver en la organización de un estado que reconoce la diferencia, claro, solo de puertas para adentro. De esta forma, las políticas públicas de salud para la mujer y para la mujer gestante son humillantes, aberrantes y salidas de toda lógica funcional.

Por citar un ejemplo, Compensar EPS tiene cerca de 800mil afiliados y afiliadas en Bogotá. Podríamos deducir que la mitad (y tal vez más) sean mujeres. Para estas 400mil mujeres solo existen dos ginecólogos especializados en detectar el Virus del Papiloma Humano (VPH), que es una de las infecciones más comunes entre jóvenes y mujeres sexualmente activas. Sin contar, con la falta de especialista para las enfermedades de salud sexual y en general, salud de la mujer.

Existen varios estudios de la Organización Mundial de la Salud, que demuestran la alta disparidad en las políticas de salud entre hombres y mujeres. Uno de sus estudios presenta las desigualdades entre las dolencias que padecen los dos géneros en diferentes edades. Es notoria la cantidad de enfermedades a las que estamos expuestas mujeres, niñas y ancianas. Otro grupo de estudios demuestran que la falta de atención en salud empeora la calidad de vida de las mujeres. Esto repercute en una imposibilidad para desarrollar la vida plenamente. Así, además de quedar secuestradas en el hogar por la crianza y el cuidado, se limitan las posibilidades de las mujeres por enfermedades y vejez. La agencia de las Naciones Unidas en 2009 afirmaba que a las mujeres de todo el mundo "se les niega la posibilidad de desarrollar su potencial humano completo", dado que se ignoran muchas necesidades médicas cruciales[1].

Esto es tan biológico que se cae de la obviedad. Mensualmente las mujeres tenemos nuestro sangrado que nos coloca en necesidades mayores que los hombres. Esto, pasa desde lo económico, con la compra de toallas, tampones o recolectores menstrúales, hasta por lo emocional, cambios hormonales, y por lo físico, cólicos, dolores abdominales, náuseas, diarrea, sudor frío, dolores en la cabeza, la espalda, caderas y piernas. Pero nuestra educación y los insistentes mensajes comerciales, nos obligan a callar este estado y hacer como si nada pasara. “Siéntete libre” afirma con sonrisa de oreja a oreja la chica del comercial de toallas higiénicas. Y si, deberíamos sentirnos libres, comportarnos como se nos dé la gana cuando tenemos nuestro sangrado. Por ejemplo, podríamos decidir, libremente, quedarnos en la casa con una bolsa que nos caliente el abdomen todo el día para evitar los cólicos, una especie de licencia por menstruación. O por ejemplo, deberíamos sentirnos con la libertad de estar sangrando ropas, sillas, toallas y lo que se atraviese sin sentirnos avergonzadas, culpables y hasta sucias por mostrar la sangre por la que hemos pasado todas. Estar menstruadas, debería darnos prioridad en filas, atención y demás cosas. Podríamos, también reclamar subsidio por menstruación dada “la importancia procreativa” que esta tiene, frente a un estado que le interesa mantener altas las tasas de mano de obra barata.

Las inconsecuencias no paran. El interés evidente de estos estados neoliberales e incrustadamente capitalistas, por mantener los índices de natalidad a buen número conforme a las necesidades de las nóminas mal-pagas de empresas y multinacionales, se conjuga con la prohibición a la mujer por ser dueña de su cuerpo. Las declaraciones contra el aborto llegan llenas de valores y éticas manipuladas por el capital y el patriarcalismo que insisten en apoderarse de las libertades de la mujer. Sin embargo, los riesgos para las mujeres gestantes, el parto y el posparto son escandalosos. El embarazo, tan idolatrado por las iglesias, es completamente descuidado en países como el nuestro, donde mueren casi 500 mujeres al año[2]. Claro, el 50% de estas muertes se concentra en las poblaciones más pobres del país[3]. Las desigualdades no paran.

Les dejo una última flor en el racimo de la disparidad ¿No les parece que es un absurdo que, con la cantidad de avances tecnológicos y científicos que hoy tenemos, no se hayan encontrado métodos anticonceptivos para el uso regular de los hombres? Mientras que para las mujeres cada día se vende, se instala y se obliga a usar nuevos métodos que siempre traen efectos secundarios para nuestra salud. Somos nosotras las que tenemos que soportar hormonas, cobres, ligaduras y demás procedimientos que van agrietando nuestros cuerpos.

No cabe duda alguna sobre la infinidad de violencias que las mujeres tenemos que pasar fruto de la desigualdad en todos los aspectos de la vida en estas sociedades. Es necesario cambios que nos proporcionen mayores condiciones. Basta ya de pensar en una transformación en conjunto, a la par con los hombres. Es necesario ceder espacio a la mujer. Y quien tiene que ceder el espacio son los hombres. No necesitamos el mismo número de posibilidades que ellos, necesitamos más. No queremos igualdad en atención frente a los hombres, requerimos el doble y el triple para mujeres campesinas, indígenas y afros. No esperamos que la política, la economía y el estado luche por acabar la desigualdad de nuestros países, exigimos que estos den garantías, sobre todo a las mujeres, para tener espacios donde podamos representarnos a nosotras mismas; trato diferente frente a las demandas económicas femeninas; y cambios culturales que acepten el cuerpo de la mujer, con todas sus especificidades, y por ende, necesidades.

Imagino que tanto lectoras como lectores, les debe parecer un absurdo mis anteriores afirmaciones, las calificaran como exageraciones feministas. Las y los entiendo. Estas sociedades son tan increíblemente machistas, que es inconcebible que, tanto estado como población, tengan que considerar nuevos mecanismos para que nosotras podamos tener una vida más digna, satisfactoria y con garantías en todos los escenarios de acción. Muchas mujeres estarán pensado que no quieren ventilar cuando estén o no sangrando, otras muchas castigan a quienes decidimos detener un embarazo, y muchísimas no querrán salir de las comodidades que les dio la clase donde nacieron. Durante generaciones nos han ensañado a avergonzarnos por nuestro sangrado, nos han tatuado en el comportamiento una debilidad tácita que nos impide imponernos y hasta hablar, nos han inducido a mantenernos cómodas con una casa limpia, un marido medianamente respetuoso y unos hijos que garantizaran compañía en la vejez. Es lógico que ahora, tu mi querida lectora, me estés queriendo tapar la boca y mandar al cuarto. Lo siento, no podré callar.

Este 8 de marzo invito a salir a las calles con nuestra sangre en las piernas, con nuestras millones de facturas de tampones, toallas, recolectores menstruales, óvulos, pastillas, inyecciones anticonceptivas que asuelan nuestros salarios. Salgamos con los centenares de órdenes ginecológicas que año tras año tenemos que aguantar y hasta rogar a que la EPS asignada cumpla y lleve a buen fin. Salgamos, una vez más para gritar que este cuerpo es nuestro, que nosotras decidimos sobre él y que exigimos el trato de calidad frente a nuestras necesidades biológicas, políticas, económicas, sociales y culturales.

sábado, 24 de febrero de 2018

No, pero … ¡Qué chimba! ¿Una autocrítica?



En marzo de 2017 decidí iniciar un proceso de creación que tuviera la calle como un “todo”, esto es, que el espacio público fuera sala de ensayo, elemento motivador para la creación, lugar de entrenamiento y preparación, salita de reuniones y claro, escenario.

Sería una especie de “solo”, es decir, no estaría acompañada por otra artista que realizara el proceso e interviniera la calle conmigo.

Inicié el proceso en la ciudad de Bogotá el 22 de marzo de 2017 en la zona centro. Realicé una primera salida sin saber cuál era el tema, ni la estética, ni la poética. Allí intente moverme cómo se movía esa atmósfera, sentir su ritmo y sobre todo su ethos. Ese ethos, definido como la esencia, el ser, la forma y el contenido en un solo frasco. Después de esta exploración decidí que el tema de la creación sería diferentes violencias que las mujeres sufren en el espacio público.

Imágen Mauricio Rodríguez. Av. Jiménez. 1

Así, el proyecto tomó más forma. Le comenté esto a mi amiga Clara Angélica Contreras Camacho, directora escénica, con el fin de que ella me acompañara en el proceso como observadora experta o, no tan bien dicho, directora. Ella aceptó e iniciamos una rutina de ensayos. Fui enfática con Clara, en que todo el proceso ocurriría en la calle, desde nuestras reuniones, hasta los ensayos y preparaciones.
En las primeras salidas, Clara me pedía que construyera partituras con diferentes estímulos; con movimientos que fueran inspirados en el circular de los transeúntes, en el paisaje de la calle, o sea, su arquitectura, en los gestos que aparecen repetidamente en las personas y en las formas con las que contaba en el lugar donde ensayábamos.

Duramos algunos ensayos explorando solo con el cuerpo, creando partituras que describieran la calle, el movimiento de una mujer en el espacio público y la relación con los transeúntes. Para Clara y para mí fue bastante sorprendente usar la calle como sala de ensayos. Crear una secuencia, implica parar, pensar, volver a intentarlo, repetir, repetir y de nuevo, repetir. Este trabajo en una sala pareciera, a primera vista, que no tiene mucho problema. Sin embargo, esto en la calle cambia drásticamente. No existen los espacio privados, pero si existe invisibilidad. Afuera, todo el tiempo se tienen otros ojos encima, y eso despierta otro tipo de comportamiento, otra forma de concentración y trabajo. Todo el tiempo el transeúnte está influyendo en cada parte que se fija, que se cuadra, que se crea. Esto era lo que queríamos. Una relación permanente con las personas que pasan a tu alrededor. Casi, que se convierte en un a creación en conjunto.

Sin embargo, también existe la invisibilidad. En nuestras calles, producto de la cantidad de manifestaciones causadas por la desigualdad y la pobreza, las personas que transitan cierran sus percepciones a lo que ocurre en el espacio público. Si yo trabajaba en silencio, era muy posible que pasara desapercibida en el lugar. Así, conseguí sentirme aislada y hasta con cierta privacidad. Logré instalar en mi cuerpo la sensación de que a nadie le importa lo que pase con el otro, de esa forma es casi como si estuviera sola en medio de la multitud.
Imagen Clara Camacho. B. Restrepo

Como se puede imaginar, algunas veces fui interpelada por personas que se preocupaban con mi presencia y mis acciones. No faltaron policías que llegaran a intentar interrumpir mi trabajo y pedirme que me comportara como todas las otras personas. Tampoco faltó mujeres de avanzada edad que se acercaban con cierta cautela a preguntarme cómo me sentía y si estaba cuerda. Seguramente a lo largo de esta narración citaré otras reacciones.


Así, a partir del contacto constante, insistente y hasta invasivo de los transeúntes, por un lado, y ciego, indiferente y apático, por el otro, construimos varias secuencias que fuimos limpiando, descartando y puliendo.

Propuse trabajar dos secuencias dentro de algo que he venido llamando “capsula”. Las “capsulas”, dentro de una acción escénica, son secuencias de movimientos fluidos, enlazados, partiturados que pueden contener todas las sensaciones o estados por los que la actriz pasa durante toda la acción. La capsula podría contener todo la esencia de la obra o trabajo realizado. Su duración es muy corta y debe aparecer en diferentes momentos de la acción. Su repetición durante el acto, puede ser diferente en tanto a ritmos, calidades, sentimientos y hasta fragmentos. No siempre se realiza toda la capsula, tal vez solo un pedazo. La capsula es un lietmotiv. Ella aparece con cierta frecuencia durante toda la pieza, enfatizando algún sentimiento, llevando a una transición, cambio de atmósfera o ritmo, o interrumpiendo algún momento álgido.

Estas dos secuencias aparecen durante la acción justamente para lo narrado líneas arriba.

Sentíamos que el trabajo no solo podía ser secuencias de movimiento y capsulas. Después de algunas semana sentimos la necesidad de trabajar sobre algunos roles o personajes de diferentes mujeres. Yo no quería que el trabajo, por ser hecho en la ciudad, hablara solo de los problemas de un tipo de mujer, la urbana. Así, propuse cuatro tipos de mujeres. Que en ese momento llamamos así:
       La campesina: Que arrastraría una violencia más aceptada, de casa. Ella consiente el maltrato y le parece natural.
       La matrona: Mujer de colores y ritmos costeros, del litoral. Abierta y sin problema de decir lo que piensa.
       La empoderada: Esta representaría a la mujer de ciudad que tiene noción de las violencias que las sociedades tiene contra las mujeres.
       Omaira[1]: Mujer joven, débil, frágil, ingenua. A quien han engañado sistemáticamente.

Junto con este grupo de mujeres también propuse una imagen-personaje, una vulva. La vulva aparecería por la necesidad de dejar ocultar la parte del cuerpo femenino que más se esconde y la que más sufre violencias. Esta vulva (o chimba, como es llamada en Colombia) saldría a las calles con energía de duende, saltando, gritando, brincando de andén en andén, pidiendo respeto, amor y cuidado.

Iniciamos la exploración de cada una de estas mujeres. Empezábamos siempre con la pregunta de la acción ¿qué saldrá hacer la campesina, la matrona, la empodera, Omaira? Antes de llegar al ensayo, a la calle, predisponíamos una acción.

Imagen Clara Camacho. Av. 19, entre 6° y 7°.
Después de más de tres meses de exploración las acciones se fijaron así. La matrona reparte papaya y advierte que esta solo puede cogerse cuando es ofrecida, se burla de los hombres y juega con la fruta entre sus piernas. La campesina teje una trenza entre postes, bolardos y señales de tránsito, va contando las humillaciones que aguanta sin quejas, sin reproches, sin tristezas. La empoderada coquetea con frases feministas mientras infla condones. Omaira cae al suelo, se levanta y vuelve y cae, mientras confiesa novio que violó, ¿no vio novio que violó? Por último aparece la Chimba que brinca de andén en andén, pidiendo, con voz chillona, besos, abrazos, cuidados y respeto.

 Ensayamos esta estructura en presencia de nuestra colega dramaturga, Carolina Mejía. Ella, después de observar el ensayo, nos propuso otro orden, este producto de la relación que los personajes estaban tejiendo con los transeúntes y con la narrativa de la acción. Por ser la matrona la que más logra interactuar con las personas, tanto las que pasan muy cerca, como las que pasan de lejos, propuso que fuera la última, antes de la Chimba, además porque la relación con la vulva podría ser más rica con este tránsito. También propuso que quien arrancara la acción fuera la campesina, pues podría crear una narrativa iniciando con los discursos más oprimidos y doblegados, hasta las manifestaciones más abiertas y emancipadoras. Estuvimos de acuerdo con esta propuesta. El orden de las mujeres, quedó así:
         Campesina
         Omaira
         Empoderada
         Matrona
         Chimba

La primera vez que ensayamos este orden, nos maravilló la respuesta del público. Tuvimos transeúntes que se estacionaron a ver toda la acción, en general, la atmósfera que logramos fue de una alta receptividad. En los anteriores ensayos, con el otro orden, veíamos como los transeúntes solo paraban para ver una acción en concreto y no toda la secuencia. Con este orden, sentimos que teníamos una sola acción y no cinco cuadros, uno tras otro.

El siguiente trabajo, fue recopilar todos los textos que las mujeres estaban diciendo, limpiarlos y armar los que estaban más débiles o aún no existían. Esto fue, armar el guion de la acción. Clara, me motivo para que yo hiciera este trabajo.

Lo primero que hice fue colocarle nombre a cada una de las mujeres, ellas no podían ser un tipo, un cliché, un rol. Ellas debían tener un nombre propio que implicara al sector de mujeres que estaban representando. Así la campesina se bautizó con el nombre de Florinda, en homenaje a la líder campesina Mamá Tingó (Florinda Soriano Muñoz). A la matrona la llamé Belki, por hacerle un reconocimiento a la bella Belki Arizala, modelo, actriz y empresaria afrocolombiana que realiza trabajos en defensa de las mujeres y las niñas, sobre todo de descendencia afro. Con la empoderada le hicimos un homenaje a Jineth Bedoya, activista y periodista colombiana contra la violencia de género. Omaira, conservó su nombre y la Chimba, no tenía alternativa, su nombre era más que merecido.

Diseño Diana Ayala

La acción tuvo una temporada de estreno de dos funciones el 19 y 20 de diciembre de 2017. Las funciones se realizaron en el horario de la 1:00 p.m. y cada día en un lugar diferente. El primer día fue a los pies de la torre Colpatria (7ma con calle 26) y el segundo, en las escaleras que llevan a la Plaza de Toros sobre la carrera 7° con calle 28.  Después de estas dos funciones concluimos algunos aspectos a modificar, mantener o ampliar. En términos muy generales sentimos que el trabajo hecho representa los deseos y cumple con los objetivos propuestos al inicio.
Durante la primera función, el círculo que formó el público asistente nos pareció molesto y creemos que transformó la acción. El segundo día de la temporada, consientes del comportamiento de los asistentes, decidimos que Clara los organizaría en lugares específicos y les pediría observar la acción preferiblemente desde el lugar dado. Esto resultó mucho más cómodo para mí, sentimos que la acción volvió a tomar el carácter encontrado en los ensayos.
Este carácter es el uso de cierta invisibilidad. Nunca buscamos tener grandes masas de públicos y nos agradaba la sorpresa generada al transeúnte desprevenido que se topaba con la acción. Queríamos conservar la atmósfera de la calle, no variarla. Claro, sabíamos que existía una transformación de esta atmósfera con mis acciones, más cuando usaba la voz con una potencia extra-cotidiana. Sin embargo, tener un público reunido, cambia en gran medida esta atmósfera. Pero si este público parece transeúnte, aún quedaba algo de la atmósfera original.
A modo de conclusión, “Qué Chimba” es una tentativa por hacer manifestaciones vivas, manifestaciones en dónde la actriz sea un elemento motivador de acciones y reacciones, en vez de la imposición clásica de alguien que siempre habla y otro que solo escucha. En “Qué chimba” quien habla, interpela o comparte tiene su espacio, no hay límite de tiempo, espacio y acción. Lo anterior sumado a la palpitante necesidad de descubrir los velos que ocultan la violencia, el abuso y el maltrato producto de nuestras sociedades enfermas de machismos y patriarcalismos. La Chimba sale, habla y reclama, no en un teatro cerradito o en un escenario beligerante. La Chimba descubre las violencias en los espacios más comunes y cotidianos con los que contamos, la calle.
Imagen Andrea Duarte. Torre Colpatria.



[1] Rápidamente esta mujer fue llamada Omaira, por recordar a Omaira Sánchez, niña víctima de la tragedia de Armero (1985).

jueves, 30 de noviembre de 2017

DIAGNÓSTICO DE AUSENCIA

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Al fin de cuentas, el amor es crear un hambre que saciar, un vacío a ocupar. Pero no se puede comer cualquier cosa, ni se puede llenar con lo que por azar u obligación aparezca. Algunas veces se siente la necesidad de tener esa hambre o de llenar ese vacío y no se sabe con qué, o directamente, con quién. La cosa se complejiza cuando aparece ese alguien que cuadra perfectamente en el vacío abierto o satisface hasta las más específicas ansias. El cuerpo, entonces, pide constantemente el ser amado. Lo llama, lo busca, desconcentra la atención hasta en los momentos menos esperados para empujar a la voluntad hacia el amado.


Aún quedan más grados de complejidad, cuando quien llena vacíos y mata hambres, no está cerca. La amada parece enloquecer, se le dificulta controlar los impulsos del cuerpo que buscan frenéticamente la persona amada. Las vísceras se contraen y luego se expanden generando vanos lugares en el interior. El pulso se desacelera y la sangre corre con lentitud, esto deja la tonicidad sin vigor, sin brío, sin fuerza. En el pecho, justo en el espacio entre los dos pulmones, donde (según una ilustración encontrada en Google, de la página saludya.es) se encuentra el corazón, se siente una contracción inusual, como si la sangre, al pasar por las cavidades, fuese tan gruesa, que estas, adoloridas, fuerzan el transito del líquido vital. El dolor pasa por los nervios, pero al ser de una naturaleza pesada, aletargada y espesa, el cerebro la traduce como tristeza y así, la amante y amada (por suerte o regalo de las diosas) se deprime y acongoja.

Con ese estado, a la adusta le cuesta trabajo sonreír o encontrar cualquier situación graciosa, así la atmósfera sea de una comicidad impresionante. La acongojada, deja ir su pensamiento, que fácilmente se escapa, hacia recuerdos o proyecciones que la acercan al amado de forma virtual. Las imágenes y sensaciones proyectadas en el cuerpo, alivian muy superficialmente las sensaciones descritas en el párrafo anterior. Al terminar el efecto de este pasajero alivio, el vacío y las ansias vuelven con más fuerza.

Sin saber qué hacer, la descarnada amadora, cree que escribiendo una explicación sobre su estado, podrá dar transito al dolor acaecido.

Al hacerlo se da cuenta que al estar presente su amado, su cuerpo mantiene una temperatura más elevada de lo normal, esto hace que las vísceras se relajen y no tensionen el centro del cuerpo, sin esta tensión la respiración fluye con mayor dilatación. Cada órgano ocupa su lugar y no se generan vacíos. Esta respiración permite que la sangre transite con más ligereza y acelera el pulso a buen ritmo, esto ofrece una tonicidad encendida a la amadora, que se manifiesta en impulsos que terminan en abrazos e interacción corporales que permiten desfogar el arrojo producido. El contacto con manifestaciones similares de parte del amado conecta las pulsaciones entre una y otro, así la circulación no solo se produce en un cuerpo, sino que se complementa con la circulación del cuerpo en interacción. En ese encuadre, logrado con tal precisión, los cuerpos encuentran tal bienestar que el gozo se traduce en risas que, a impresión de la pareja, parecen inexplicables. Esas risas de júbilo es la evidencia de la plenitud y armonía encontrada por el cuerpo para su funcionamiento.

Por la necesidad humana de nombrar todos los fenómenos experimentados, la dupla, con los cuerpos conjugados, por ser muchos en uno o por ser uno contenido de inmensidad, se explica lo acontecido nominándolo como amor.  Satisfechos por su declaración, cierran la jornada con la danza que muy bien saben bailar sus lenguas, bocas y salivas tanto del rostro, como de la entrepierna.

sábado, 26 de agosto de 2017

A FUERZA DE ORGASMOS

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Georgia O'keeffe

Varias de nosotras han escrito sobre el placer de la mujer. Varias de nosotras han cruzado la frontera de la moral mentirosa y de la hipocresía sobre el sexo y la lujuria que puede emanar el cuerpo femenino. Ahora, el turno fue para mí.

Paradójica y tal vez contradictoria, dirán mis compañeras feministas, la causa que llevaron mis manos a mi sexo. La principal, fue la ausencia de un macho (no uno en genérico, sino en particular, con nombre, licencia de conducción y contrato, lógico, sin garantías). Este que osó dejarme la noche anterior sin placeres vaginales, pasó por mis recuerdos en esta tarde de sábado perezosa. Yo, sola en mi cama, con las descripciones hechas por Galeano de valientes, revoltosas, seductoras y memorables mujeres, y con el fondo musical de varias arengas de la enorme Bessie, me vi jalada por el deseo que comenzó a balbucear entre mis piernas.

No tuve otro remedio que dejar el libro y las gafas a un lado, escurrirme en la cama y comenzar a sobarme, primero lento, luego lento pero más largo, después más fuerte y mucho después más rápido. Cada etapa de ritmo pasada por diferentes tipos de toques; algunos suaves, casi parecían cosquillas, otros rápidos e intensos, como los vibradores de las mediocres terapias que ofrecen las EPS, otros largos y pesados, como ese seductor movimientos de quien prepara gelatina de pata. Algunos (suspiro) como golpecitos sobre mi delicioso manjar, llamado monte de venus, por último, unos que sorprendieron mi excitación de hoy. Estos requirieron de mis dos manos, pues mientras una consentía eléctricamente mi clítoris, otra jugaba a intentar entrar por mi vagina. Este movimiento, más el balanceo de mi cadera, me regó en leches de olores dulzones y sabores salados.

Al inicio de mi jornada erótica, imaginaba a este hombre entrar en mi apartamento y encontrarme llena de deseo revolcándome entre mis cobijas. Lo veía transformar su expresión, sacar su miembro, abrir mis piernas con cierta fuerza e hincar su viril deseo en mi vagina babeante. Por otros momentos recordaba las contiendas llevadas en su cama, lo veía arrodillado, dentro de mí, con su pecho amplio y su cabello cubriendo sus ojos. Recordaba el viaje que mis manos, como lenguas, hacen por sus brazos, que a fuerza de sostener mis piernas elevadas, dejan vislumbrar el músculo aquel, típico de las formas masculinas.

Pero ya entrada en mis deseos más profundos, las imágenes de este portento de deseos, fueron desapareciendo. Mi concentración completa solo pensaba, sentía, imaginaba con formas sicodélicas, sonidos chasqueantes y olores agridulces el placer que calentaba mi cuerpo, agitaba mi respiración, erizaba mis pelos y levantaba mis nalgas. Mi atención, de la cual me quejo por ser tan dispersa y no estar unívoca ni un solo momento, en este instante de la faena no quería evocar hombre alguno, falo semejante o manos/cuerpos que no fueran las mías. Disfruté saberme mi placer. Disfruté encontrarme como única sabedora de mis más profundas delicias y mis más secretos goces. Solo los movimientos de mis manos, la danza que mis caderas decidieron bailar, el ritmo de mis piernas estremeciéndose contra las cobijas y los excitantes sonidos que salían de mi boca, supieron darme un perfecto orgasmo.

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Mamani Mamani

Mis jornadas de masturbación han sido, de un tiempo para acá, la plena satisfacción de conocerme sin hablar, sin pensar, sin manifestarle a otro (a) por dónde encontrar mi clímax. He escuchado de varias amigas la sensación de soledad que sienten después de gozar tras un acto auto-sexual. No me voy hacer pasar por una fuerte mujer auto-sostenible, no voy a negar que la fuerza, el deseo y el ritmo de otros cuerpos no me hacen falta, no. Pero una de las cosas que me llevó a escribir este texto, fue la plena satisfacción conmigo. Saberme y sentirme como la mujer que cumple cada uno de mis deseos, que sabe paso a paso, qué hacer, a dónde tocar, qué ritmo asumir, me llena de alegría y … lujuria, de nuevo (lectora, prometo terminar el texto antes de dejarme seducir, una vez más por mis manos y mi sexo).

Hoy, después de gozarme y respirar profunda e intensamente, mis ojos se encontraron con los cerros orientales que engalanan mi ventana. Las montañas, que acompañan mis días en este feliz y solitario hogar, me miraban entre sonrientes y envidiosas. Ya quisieran ellas, y de paso yo, que en vez de sabanas de algodón y cobijas de hilo, me cubrieran pastos, hojas, tierra, barro.

Esa complicidad entre loma imponente y mujer saciada, llenó mi rostro de una sonrisa maliciosa y poderosa. Maliciosa por las ganas de hacerle todo el daño posible a una sociedad que impone el sexo sin placer para la mujer y la empuja a ser toda una atleta en la cama para satisfacer el deseo del otro, del otro macho, vigoroso y exigente. Gima como perra, erícese como gata, contonéese como sirena para que él goce, canta la radio, reclama la televisión, gritan las redes sociales, escupen las páginas web. Nuestras abuelas y madres, ni se daban el lujo, si quiera de imaginar, ser acróbatas del sexo, pues el miedo que las tildaran de putas, impedía el asomo de un orgasmo. Hoy escucho cómo las chicas se convierten en la deseada puta de sus amantes con tal de no perderlos, así cueste el disfrute propio.
Esa falsa propaganda de una lucha feminista ya ganada, lo único que hace es encubrir relatos y violencias que aún continúan, perseverantes, en los gestos más pequeños, en las intimidades más escondidos, en los disfrutes negados.

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Hoy, a fuerza de mis orgasmos, llamo a la lujuria femenina, al empoderamiento desde la auto-satisfacción, al reconocimiento de humanas todo poderosas. Somos la vida, el placer, la fuerza, el dolor hecho tenacidad, el vientre que entiende, a partir de otro tipo de relaciones, la necesidad de un mundo más amoroso y luchador, más sensible y valiente, más tierno y protector. Conjuro hembras que luchan por advertir nuestros gestos más machistas, los cuales nos han sido tatuados y naturalizados, para que se sacudan de tanto macho que ando suelto, de tanta obligación gratuitamente adquirida y de tanta forma y modo que encasilla nuestros cuerpos e inhiben nuestros deseos. Vente, mi hermana, con el cuidado necesario para que la bestia no te caiga encima y no acabe tu camino antes de llegar a mi nicho.


No se asuste señor lector, de vez en cuando, colocaré mi bandera rojivioleta sobre la grama, jalaré su brazo y tumbaré su fuerza, para acabarlo a mordiscos libidinosos con bocas sin dientes y varios pares de labios que chupan virilidades. 

lunes, 12 de junio de 2017

JUGEMOS EN EL BOSQUE MIENTRAS FRIDA NO ESTÁ.



Hace un par de meses estuve de visita en la hermosa y noble Ciudad de México. Conociendo sus calles, personas y sonidos, me maravillé por su historia, nuestra historia que transita entre murales, esculturas, caras, comportamientos, comidas y anécdotas. Esta ciudad me hizo sentir algo familiar, eso donde una se siente con las suyas.

Dentro de los paseos obligatorios de museos, teatro y calles, no podía faltar la visita a la casa de Frida Kalho en Coyoacán. Debo confesar que aunque la curiosidad me llenaba de expectativa, el hastío de su imagen por muchas partes, me causaba cierta voluntad de abortar el plan.

Aunque hay algunos que creen que la “resurrección de Frida” hace parte de las reivindicaciones de lo femenino, yo no me he comido el cuento y creo que solo hace parte de una “reivindicación mercantil” que se apodera de símbolos reencauchados que puedan colocar un foco de moda, extraído de cualquier contenido, contexto o discurso. Así la “Fridamanía” como la llama Eduardo Galeano en su cuentico, para mi es solo la absorción de la imagen de una mujer luchadora transformada en linda camiseta para vender. Fue para mí un insulto ver la imagen de Frida hecha muñequita manga y estampada en camisetas, bolsos y otras prendas de vestir. Debo confesar que también me sentí vieja, no encontré ninguna relación entre la imagen de la sejijunta y la tendencia oriental. Me asusté tremendamente al imaginar que no solamente iba a ver su cara en estilo manga, sino todo su cuerpo; con faldita de prenses y calzones insinuándose a la sombra, medias y piernas largas, y protuberantes senos atrapados en una diminuta blusa. Mi mal humor aumentó. En los repetitivos productos que tienen a la artista mexicana como logotipo, siempre noté que la inspiración más fuerte es esa fotografía de Kalho que apareció en la revista Vogue, aquella de fondo verde y donde ella aparece con rostro sereno completamente de frente a la cámara. Muy pocas veces su obra inunda los mostradores y más bien si, sus rostros reinterpretados de esta fotografía.

A pesar de lo anterior tenía la firme intención de encontrar en su casa azul, la Frida que no se deja ver por el mostrador todo lleno de luces de neón y ojitos manga. Antes de llegar a la casa-museo la amiga mexicana que me acompañaba me preguntó ¿qué te gusta más la cara de Frida o su obra? Esta pregunta, además de sacarme una sonrisa, remató aquel pensamiento de las tiendas de ropa, todas llenas de la estética Frida, en donde no aparece una sola de sus obras. Su obra no cuenta, lo que cuenta son los colores de la moda que ella recreo y que hoy sienta muy bien a la nueva tendencia. No importa la artista, ni mucho menos la política, importa una bonita imagen que puede decorar cualquier café, agenda o mochila.

Continué con mi propósito. El próximo palo a la rueda que apareció fue la larga fila que estaba a la entrada de la casa-museo. Conseguimos no hacerla, gracias al pago demás que incluía visita al museo Anahuacalli, construido por Diego Rivera. Al entrar en la casa el contraste de los colores azul y rojo, llamaba los sentidos, mi cuerpo se dispuso al encuentro con la artista. Las primeras salas, estaban dispuestas como galerías que exhibían varias de sus pinturas, no eran precisamente las más famosas, pero por lo menos conseguía ver los trazos de la talentosa pintora. Esto me distrajo un poco de las filas enormes y el tumulto que te empujaba por los corredores.

Luego llegamos a la parte de la Casa: cuartos, cocina, taller y las famosas camas donde la enferma de una seja, pasó un buen tiempo de su vida. Allí la fila demoraba más. Las personas buscaban observar cada detalle de la cama, la cobija, la repisa, la foto, el pedazo de lápiz o algún detalle que hablara más de la tortuosa vida que por esas camas debió pasar.



Finalmente salí a los patios. Un ambiente más tranquilo se sentía allí. Las fotografías de la pajera Kalho y Rivera narraban el amor que existía entre ellos, también formaba imágenes de la cotidianidad del par de amantes y artistas. Para mi sorpresa el cúmulo de personas se dispersó, entre los videos exhibidos y la tienda de suvenires. No entiendo muy bien por qué no siguieron por los jardines de la casa, con la misma curiosidad que al interior de la misma…

Advertí que había un lugar más para visitar en la casa Azul. Esto era llamado como “la exposición de vestidos”. Este es el punto álgido de la visita. Sin este lugar, usted no estaría leyéndome, es decir esa EXPOSICIÓN fue el detonante para este texto.

Al entrar a esta sección de la casa, la visitante se encuentra de frente con los corsés, las amarras, los bastones, los zapatos ortopédicos y demás aparatos con los que Frida conseguía sostenerse en este mundo. Estos objetos estaban (o seguramente, están) exhibidos en una gran vitrina con un fondo de baldosas blancas típicas de baños. El choque con esta vitrina aumentó con las explicaciones que acompañaban esta primera parte. Allí decía que los objetos fueron sacados, recientemente de uno de los baños de la casa que no se había abierto por que los anteriores encargados no lo habían permitido.

Diego Rivera, dispuso de la casa y creó el museo después de la muerte de Frida. Antes de morir delegó el cuidado del bien a la amiga y mecenas Dolores Olmedo, quien conservó la casa, mantuvo los respectivos cuartos y baños cerrados. Pero después de la muerte de Olmedo, la casa fue completamente tomada. Se abrieron los baños, se sacaron todos los objetos en ellos guardados, se organizaron y se dieron a conocer a la luz pública.

Esta exposición es producto de ese abuso a la privacidad guardada por la pareja. Algunos documentos del museo, describen esta acción como necesaria para conocer profundamente la obra de los dos artistas y sobre todo la de Kalho. Pero esto no es tal, pues lo que dicen sus explicación, en esta última exposición, solo ayuda a inventar páginas sobre una historia de amor que el mercado sabe vender muy bien, más el mexicano que ha llenado nuestras pantallas con love history en formato de telenovela llorona. Esta historia de amor coloca a Frida en un papel bastante lastimero, complaciente, sufrido y entregado.

No contentos con la exposición de los aparatos y apoyos médicos que usaba Frida, de los cuales seguramente se sentía incomoda de mostrar, exhibieron, también los hermosos vestidos que la artista lucia. Esto podía parecer hasta bonito, si no fuera, una vez más, por las humillantes explicaciones en las paredes. En ellas se leía que la artística había decidido vestirse inspirada en la estética de los pueblos indígenas por los que Diego Rivera sentía atracción. Y se atreven a afirmar que lo hacía por complacer a Rivera. Además porque vestir faldas largas le aseguraba cubrir la plataforma de uno de sus zapatos que le garantizaba tener alineada la cadera, además de ocultar los corsés y demás aparatos que la ayudaban a mantenerse en pie.

Lo anterior no es solo degradante para una artista que llevó otro México al mundo, sino que demuestra el menosprecio y la subvaloración el criterio de una mujer inteligente, políticamente beligerante y comprometida con las culturas latinoamericanas, especialmente mexicanas. Una vez más, los institutos “protectores” de La Historia, actúan encarnizados en mantener lógicas machistas y patriarcales, donde la lucidez y talento de una mujer solo es válido bajo la luz que un macho emane sobre esta. La estética que Kalho decidió vestir, presenta una intelectual que supo y nos enseñó que la política se lleva, también, en la forma, en el color, en el sentimiento, en la casa, y no solo en la plaza pública o bajo los techos de los parlamentos.

Lo que hacen las personas encargadas del Museo Frida Kalho, al afirmar que la decisión de la artista sobre su vestir es por complacer a su compañero y ocultar sus malestares, es irrespetuoso, indigno y ofensivo. La artista, en su propia casa es violentada por una sociedad y una institucionalidad que se niega a reconocer a las mujeres como detentoras de sus propios destinos, nosotras, por más brillantes, inteligentes e influyentes en los caminos de esta humanidad que seamos, seremos siempre medidas por la vara que el machismo nos decida colocar.



Si esto ocurre con una figura tan prestigiosa de la Historia de Nuestra Latinoamérica como lo es Frida, evidencio el desconocimiento y ocultamiento que nuestras intelectuales, artistas, líderes y trabajadoras tiene que sufrir a diario.

Para finalizar el recorrido por esta dolorosa y colérica exposición, remata una sala donde se ven tres vestidos inspirados en Frida Kalho. Estos vestidos son creados por grandes diseñadores que, parecen ser muy famosos. Muy famosos y muy cínicos, pues no utilizan las imágenes, el color, las formas de las obras que la artista nos dejó, sino que en vez de eso, usan su dolor y sufrimiento para crear sus monstruosos harapos. Vemos vestidos donde la parte superior imita corsés y fajas, por ejemplo.

Salí del museo con mucha desazón. Entre la ira que me produjo esa última exposición y la tristeza por el uso de la imagen de la mujer, caminé por las calles de Coyoacán intentando procesar el dolor y malestar. Debo confesarles que unas deliciosas quesadillas fritas en la plaza de mercado del lugar, sacudió el mal genio y me permitió seguir el viaje por la ciudad. Además de las quesadillas, la promesa de escribir algo que denunciara este desagravio contra las mujeres artistas e intelectuales de América Latina, ayudó a calmar (mas no a apagar) el odio por este mundo que persiste en fomentar el desmerito hacia la mujer y sus actividades.